¿Puede la IA salvar al DUA?
Lo admito, me enamoré del DUA desde la primera vez que me hablaron de él. Llevo más de una década conociéndolo, formándome y creyendo en lo que propone. Y ha sido bonito ver cómo, durante este tiempo, aquel enamoramiento se ha vuelto colectivo: el DUA ha pasado de ser una intuición pedagógica minoritaria a formar parte de las legislaciones educativas del máximo nivel. Pocas veces un marco teórico consigue un recorrido así. Pero tengo que confesar algo que muchos docentes sentimos en silencio: también estoy frustrado con el DUA. Si hoy me pidieran que señalara un ejemplo concreto de DUA en mi última clase, probablemente dudaría. Y no porque no sepa qué es.
DUA: no eres tú, soy yo.
El Diseño Universal para el Aprendizaje (DUA) es un enfoque pedagógico que propone diseñar la enseñanza partiendo de una idea sencilla: no existe un único alumno ni una única forma de aprender. Se articula alrededor de tres principios que considero esenciales: ofrecer diferentes formas de representar la información, distintas maneras de actuar y expresar lo aprendido, y múltiples caminos para implicarse y mantener la motivación.
El DUA no se trata de esperar a que aparezca una barrera para intentar solucionarla, sino de anticiparse a ella.
Esta es una de esas ideas que activan el corazón de un docente y lo empujan a profundizar para ponerlo en práctica cuanto antes. Y yo salía de cada formación en DUA con esa sonrisa inconfundible. Motivado, convencido y con la sensación de haber encontrado algo que podía mejorar mi forma de enseñar… hasta que llegaba el lunes. Volvía al aula, con mis alumnos delante, una programación que cumplir, y empezaba a descubrir que aquel amor también tenía sus grietas. El DUA era la brújula que me indicaba hacia dónde ir, pero, al seguirla, se abría ante mí un precipicio que me separaba del objetivo. Me faltaba el puente para cruzar ese abismo. Conocía los principios del DUA, pero me costaba convertirlos en decisiones concretas al preparar una explicación, plantear una evaluación o, especialmente, diseñar el enunciado de una actividad. El DUA me había brindado una nueva mirada a la enseñanza, pero como ocurre con cualquier enamoramiento, una cosa era sentir que habías encontrado algo especial y otra muy distinta saber cómo construir una relación que funcione en el día a día.
Lo hablaba a menudo con compañeros y la sensación se repetía: entendíamos los principios, pero cuando llegaba el momento de llevarlos al aula, aparecía el bloqueo. Incluso docentes que partían de los mismos principios y medios podían llegar a soluciones completamente diferentes al aplicar DUA. Y quizá ahí estaba mi problema. Mi cabeza analítica necesitaba convertir la teoría en decisiones concretas, pero el DUA no explica cómo hacerlo. Por ejemplo, nos pide evitar la sobrecarga de información, pero ¿dónde está el límite? Lo que para un alumno es manejable, para otro puede convertirse en una barrera. Los principios son claros; su aplicación, no tanto.
Tratando de afianzar mi relación con el DUA.
En mi búsqueda por asentar mi relación con el DUA, decidí abrir la pareja a nuevas ideas. Desde distintas instituciones fueron apareciendo checklists, rúbricas, plantillas para eXeLearning y otras herramientas. Eran esfuerzos necesarios, pero a menudo se quedaban cortos, ya que funcionaban más como herramientas para evaluar una actividad ya desarrollada en clase que como guías mientras la creábamos. Y ahí se perdía el espíritu proactivo del DUA: anticiparse a las barreras antes de que aparezcan.
Fue entonces cuando la inteligencia artificial se cruzó en mi camino. No como una solución mágica, sino como una oportunidad para revitalizar una relación que empezaba a estancarse. Yo ya tenía claro el problema: no necesitaba que la IA me explicara qué era el DUA, sino que me ayudara a convertirlo en decisiones educativas concretas.
Empecé a experimentar con IA y decidí centrarme en la construcción de las actividades, especialmente en sus enunciados.
En las actividades de aula encontraba muchas veces un bloqueo que acababa trasladándose al alumno: si no comprendía bien qué tenía que hacer, el enunciado se convertía en una barrera. El DUA tenía mucho que aportar en ese punto y pensé que la IA podía ser una buena aliada. Sin embargo, pronto descubrí que la tecnología no resolvía la ambigüedad: simplemente la reproducía. Ante un mismo enunciado y los mismos principios del DUA, dos IA podían llegar a soluciones completamente diferentes. Volvía a tropezar con la misma piedra.
Y entonces entendí que quizá el problema no estaba en quién aplicaba el DUA, sino en que sus principios dejaban demasiado espacio a la interpretación. No necesitábamos dejar atrás el DUA, necesitábamos aterrizarlo.
Marcando límites: del principio a la regla.
De aquel trabajo de experimentación con la IA acabó surgiendo LEdui (Lectura Educativa Inclusiva), un estándar que desarrollé yo mismo para articular la aplicación del DUA de forma analítica y sin ambigüedades, especialmente en la construcción de los enunciados de actividades educativas. No quería crear otro marco teórico, sino unas reglas que permitieran saber qué mirar, qué cambiar y por qué.

Imagen generada por Ángel Luis González con Chat GPT (OpenAI © 2015-2026)
Los 3 principios DUA se convirtieron en 10 reglas.
Definiendo las reglas LEdui busqué un equilibrio entre concretar su aplicación y asegurarme de que respondían a las barreras que encontraba cada día en mi aula. Así, la predictibilidad, la anticipación y la reducción de la sobrecarga informativa respondían a necesidades que veía especialmente en alumnos con TEA. La jerarquización de la información y el ajuste de la extensión ayudaban con las dificultades de atención del TDAH. La claridad lingüística, la estructura y la coherencia ofrecían apoyo a alumnos con dislexia y otras dificultades específicas de aprendizaje. Y la simplificación del lenguaje, los ejemplos, la anticipación y el tono conectaban con necesidades cada vez más presentes relacionadas con la gestión emocional y de la frustración.
De alguna manera, ponerle límites a nuestra relación hizo que funcionara mejor. El DUA seguía siendo el mismo, pero ahora tenía una guía concreta para llevarlo al aula. Habíamos pasado del enamoramiento a una relación que empezaba a funcionar de verdad.
Midiendo el éxito en silencios.
Y entonces llegó el momento de comprobarlo. Después de tanto tiempo buscando aquel puente entre los principios del DUA y las decisiones concretas del aula, ya tenía las diez reglas. Ahora solo faltaba cruzarlo.
Aplicar LEdui resultó sencillo después de todo este recorrido. Bastaba con proporcionar a una inteligencia artificial el material que queremos adaptar y las 10 reglas, pidiendo que las aplicara:
Te adjunto un enunciado y las diez reglas de LEdui. Analiza el enunciado y genera una nueva versión aplicando todas las reglas.
A partir de ahí, la IA nos ayuda a transformar el material que ya tenemos en una versión más clara, estructurada y accesible. No hace falta empezar de cero ni convertirse en experto en inclusión. Tenemos las reglas, tenemos el material y tenemos una tecnología capaz de ayudarnos a aplicar ambas cosas. Y el resultado en el aula llegó en silencio. Menos bloqueos, menos manos levantadas y, sobre todo, menos veces aquella pregunta: «Profe, ¿por dónde empiezo?». Los alumnos leían, entendían y se ponían manos a la obra.
Aquel silencio dejó de ser ausencia de preguntas para convertirse en señal de aprendizaje. El enunciado había dejado de ser un obstáculo para convertirse en una puerta de entrada. Pero quizá lo más importante no estaba en LEdui ni en la inteligencia artificial, sino en algo mucho más humano: ese momento en el que dejamos de preguntarnos por qué un alumno no puede y nos centramos en qué podemos hacer para ayudarle.

Imagen generada por Ángel Luis González con Chat GPT (OpenAI © 2015-2026)
Sé que puedes, vamos a encontrar la manera.
Y ese compromiso docente es siempre el mejor material para construir puentes educativos. Como Indiana Jones al final de La última cruzada, si confiamos, el puente aparecerá mágicamente bajo nuestros pies. Basta con creer que está ahí, colocarnos frente al abismo y dar el primer paso. Y quizá eso sea enseñar: no saber siempre cómo llegar, pero negarnos a aceptar que no hay camino.