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Docentes que inspiran -

Sobre PISA, la comprensión lectora y la construcción de lectores

Los últimos resultados de PISA han disparado todas las alarmas: los niveles de comprensión lectora han caído en picado. Ninguna novedad. Los docentes de todas las etapas educativas y cualquier adulto con un mínimo de interés por la educación venían detectando y avisando del deterioro en la comprensión lectora y el juicio crítico de nuestro alumnado. Las opiniones más o menos fundamentadas, los análisis más o menos interesados y la búsqueda de «culpables» más que de causas y posibles soluciones se han sucedido tiñéndolo todo de una pátina de catastrofismo y nostalgia.

Pero, antes de emitir juicios o dar recetas, preguntémonos por un momento: ¿para qué sirve el informe PISA? O, mejor dicho, ¿qué analiza PISA?

El informe PISA no se centra tanto en la comprensión lectora como en la competencia lectora. Y, aunque esta última incluye la primera, no son exactamente lo mismo. La competencia lectora supone la capacidad de enfrentarse a un texto nuevo, con contenidos no conocidos de antemano por el alumno, ni entrenados. El texto no tiene que contener necesariamente vocabulario desconocido, aunque PISA contempla esta posibilidad y mide la capacidad del alumnado para deducir su significado a partir del contexto, siempre de acuerdo con su edad.

Y aquí es donde nuestros alumnos ―y los de toda la OCDE que abarca el estudio― patinan. Las causas: muchas. Sin duda la pérdida (más bien el robo) de la atención que padecemos todos en estos tiempos de primacía (y tiranía) de las pantallas ha sido y es un factor determinante. Pero no el único. Mientras los índices de lectura en el tiempo libre suben entre los jóvenes hasta alcanzar el inédito porcentaje del 76,9% (según la Federación de Gremios de Editores), los datos del tan comentado informe PISA y también la realidad en las aulas ―para qué negarlo― insisten tozudamente en enmendar el optimismo y señalar la lectura como una de las cuentas pendientes en educación.

¿Y entonces? ¿Qué está pasando con la lectura en nuestro país, en nuestro mundo? Pues, sin duda, la lectura profunda, crítica, comprensiva y transformadora se ha convertido en una actividad en declive, que hemos de cuidar como una especie en peligro de extinción.

Y, ¿cómo hacerlo? Existen muchos programas y proyectos que están tratando de hacer un torniquete a semejante sangría; otros que apenas ponen paños calientes, y muchos que pecan de buena voluntad pero que no afrontan el verdadero quid de la cuestión: qué leen y cómo leen nuestros jóvenes para no mejorar con el ejercicio de la lectura su comprensión lectora.

Desde el aula y la biblioteca escolar algunos proyectos llevan años fomentando la lectura discreta, apasionada y eficazmente. No solo haciendo que lean sino creando lectores. Partiendo de la evidencia científica y tratando de escuchar atentamente la realidad de las aulas, recuperando dinámicas y procesos que han mostrado su utilidad y probando otros que apuntan a mejorar la comprensión lectora y el hábito lector. La lectura en voz alta, los apadrinamientos lectores, los clubes de lectura, los talleres de radio y pódcast constituyen, junto a la mediación y las tertulias dialógicas de todo tipo, prácticas contrastadas que dinamizan la lectura en los centros educativos mejorando no solo los resultados académicos sino todo el proceso de enseñanza-aprendizaje.

Cualquier iniciativa que pretenda fomentar la lectura en toda su complejidad, con respeto por el ritmo de los alumnos y con el objetivo de una comprensión crítica y profunda, debe cimentarse en tres pilares: el interés del alumno (es curioso que la motivación ante la lectura sea uno de los factores menos estudiados e investigados cuando la propia experiencia la hace determinante), la construcción de un itinerario lector (construcción protagonizada por el alumno y acompañada por el profesor) y la guía, el acompañamiento del profesor hacia una lectura más compleja, más profunda, más «comprensiva» y más transformadora.

El interés del alumno es una puerta, un punto de partida, necesario, inevitable. No podemos fomentar la lectura ignorando a Geronimo Stilton o a Harry Potter. Pero tampoco podemos crear verdaderos lectores si nos quedamos (si los abandonamos) en Geronimo o Harry. Los centros de interés de los niños y adolescentes son numerosos y variados. No debería ser tan difícil encontrar puertas, ventanas, grietas… por las que llegar a su atención (tan secuestrada por otros estímulos). Hemos de acercarnos sin prejuicios a sus gustos y a su lenguaje: farmear aura con ellos, conocer la épica de Warhammer y la adrenalina de Grand Theft Auto y buscar textos que, desde sus intereses, les acerquen a la complejidad de la lectura, a su riqueza. En esta tarea es especialmente interesante conocer «nuestra» literatura juvenil, que lleva décadas aportando calidad, conectando con los lectores y ofreciendo historias que les hagan profundizar y les lleven a otras historias. Libros como En las redes del miedo de Nando López que, con referencias e invitaciones, les acercan a obras como El guardián entre el centeno. O novelas como las de Mónica Rodríguez (Jeans) que, desde la sensibilidad y el cuidado del lenguaje acercan a la literatura de Martín Gaite o Ana María Matute, donde lo maravilloso se funde que la realidad y con el análisis de las emociones adolescentes en un ejercicio de literatura con mayúsculas. O cualquiera de las novelas de Patricia García-Rojo (Migraciones), que unen fantasía, romance y aventuras en historias hondas y delicadas que nos empujan a abrir otras puertas (como las de Narnia o la Tierra Media).

Pero no podemos quedarnos ahí… hemos de acompañar a los lectores en proceso en la construcción de un itinerario propio de lectura. Un itinerario que contenga lecturas fáciles que les atrapen, lecturas más complicadas que les reten y les hagan crecer, lecturas que custodien nuestra cultura y les hagan sentir como propias las obras clásicas. Lecturas que enganchan como Desconocidos o Hyde, de David Lozano, que nos recuerdan a Las aventuras de Sherlock Holmes de Conan Doyle, o libros más exigentes como La pata de Monkey, de Paloma González Rubio, que nos llevan a los relatos de Edgar Allan Poe. Clásicos como Nada de Carmen Laforet, El árbol de la ciencia de Baroja o incluso La Celestina y el Lazarillo, que tienen mucho que decir a nuestros alumnos si los integramos en un camino lector coherente y progresivo.

Construir (o, mejor, ayudarlos a construir) un itinerario lector es construir la propia identidad como lectores, como ciudadanos, como personas. El reto es mayúsculo y exige que el último pilar sea el más sólido, el más trabajado, el más consciente.

De poco sirve ofrecer lecturas a niños y jóvenes si esas lecturas no les ayudan a crecer como lectores, no les abren las puertas ―al disfrute genuino, al conocimiento, a la curiosidad, a la experiencia de otros y a las propias― y les ofrecen un horizonte amplio, repleto de matices y complejidad que les ayude a entender el mundo, a entenderse. El profesor, la familia, la sociedad entera son responsables de crear, encontrar y ofrecer (poner a su alcance) las lecturas que les hagan progresar, que les conviertan en lectores competentes. Dos grandes ejes para poner en pie todo esto: ofrecer un espacio y un tiempo para la lectura. La igualdad de oportunidades solo es posible si ofrecemos la oportunidad a todos, en el aula, en la escuela (también en la familia, por supuesto). Y encontrar, seleccionar, escoger buenos libros. Libros que lleven a otros libros, lecturas que enganchen y se vuelvan exigentes al pasar las páginas, libros que abran caminos, que enciendan intereses nuevos y provoquen la mejora en la comprensión de lo leído y del mundo. La literatura infantil y juvenil de calidad es una herramienta privilegiada y, lamentablemente, demasiadas veces desconocida e ignorada por profesores y familias.

Pequeñas prácticas para una gran tarea: leed con ellos, para ellos, en voz alta, una página de un libro desconocido para ellos cada día; hablad de libros con ellos, practicad la crítica, el análisis, la justificación y la explicación del gusto propio y el ajeno; y escuchadlos, ayudadlos a construir significados y sentidos, contrastad vuestra interpretación y su lectura… En definitiva: Leed, leed, benditos (profesores), contagiad, mostrad, ofreced, acompañad, reforzad.

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